Lo que somos se refleja en cómo nos presentamos.
El símbolo de deMiguel nace de una idea sencilla: el acompañamiento terapéutico es un encuentro. Dos personas que se cruzan durante un tiempo, crean un espacio entre ellas, y algo cambia.
Los dos arcos representan eso: un terapeuta y una persona que se encuentran. Cada uno llega con su recorrido, su historia, su forma. Al cruzarse, generan un espacio compartido — un espacio que no existía antes y que solo es posible cuando dos presencias se sostienen mutuamente.
Uno de los arcos es visible, definido. El otro es más sutil, casi transparente. Porque en cada persona conviven una parte que se muestra — lo que funciona, lo que se ve, lo que se controla — y otra que permanece más oculta: los miedos que no se nombran, los patrones que se repiten, las emociones que se evitan. El acompañamiento no atiende solo lo externo. Se adentra en lo profundo.
Los arcos forman un círculo. No hay principio ni final marcado, como no lo hay en el proceso de conocerse. Las experiencias difíciles, los momentos de crisis, las partes de uno mismo que cuesta aceptar — todo eso no se borra ni se deja atrás. Se integra. Se comprende. Se coloca en un lugar desde el que ya no hace daño.
En el punto donde ambos arcos se cruzan hay un punto de presencia. Es el lugar desde el que se puede mirar sin juicio, elegir con consciencia, sentir sin huir. En el trabajo terapéutico, ese punto es lo que buscamos: no borrar lo que duele, sino encontrar un centro desde el que sostenerlo.
El símbolo no ilustra un concepto. Cuenta lo que hacemos: acompañar a personas a integrar las partes de sí mismas que parecían separadas.
Durante más de quince años trabajé en entornos corporativos de alta exigencia — Salesforce, Accenture, Celonis. Viví la presión del rendimiento, la velocidad de las decisiones, la soledad que a veces acompaña al liderazgo. Y funcioné bien. Desde fuera, todo cuadraba.
Pero hubo un momento en que lo que funcionaba por fuera dejó de responder a lo que necesitaba por dentro. No fue un colapso dramático. Fue algo más silencioso: una pregunta que fue creciendo, la intuición de que había una forma de vivir más integrada, más conectada con algo esencial que el mundo corporativo no nombraba.
Ese proceso me llevó a la psicología, al counselling, y a más de una década de formación en Gestalt, IFS, EMDR, perspectiva sistémica y terapia de pareja. No como un cambio de carrera, sino como una integración: lo que aprendí sobre las personas en entornos de presión, sobre la complejidad de las relaciones profesionales, sobre lo que significa funcionar bien sin estar bien — todo eso se convirtió en parte de cómo acompaño hoy.